¿Se puede criticar un partido o un vídeo sin atacar a quien lo hace? Una historia que va de las reseñas teatrales al acoso colectivo en las redes.
«Para eso le pagan; que aguante.» Se dice cuando un jugador de béisbol falla o cuando un youtuber publica un vídeo flojo. Pero pagar una entrada no concede un derecho ilimitado a insultar a otra persona.
Evaluar un trabajo público y humillar a quien lo realiza son acciones distintas. Tampoco existen pruebas fiables de que la idea de que «un profesional debe soportarlo todo» naciera específicamente en el béisbol.
Antes del béisbol ya había críticos y clasificaciones
En el Japón del período Edo circulaban libros llamados Yakusha Hyoban-ki que valoraban a los actores de kabuki. Según la Biblioteca Cultural Digital de Japón, sus antecedentes surgieron hacia 1656 y en 1699 se consolidó un formato que juzgaba actuaciones y popularidad.[1] Los actores de Edo, Kioto y Osaka recibían clasificaciones públicas.
Aquella cultura se parece a las puntuaciones deportivas y reseñas actuales. Demuestra que la crítica del espectáculo tiene siglos de historia, pero no que nuestros insultos en redes procedan directamente de esos libros.
«Esa jugada fue mala» no equivale a «desaparece»
«El cambio de lanzador llegó tarde.» «Ese error defensivo costó una carrera.» «La introducción del vídeo es demasiado larga.» Son juicios sobre hechos y decisiones concretas. Pueden ser severos e incluso equivocados, pero dan pie a debatir.
«Eres basura, vete de aquí» no identifica ningún aspecto mejorable. Se dirige contra la persona. Una entrada compra acceso al espectáculo, no un abono para destruir la dignidad del jugador.
Cada usuario escribe una frase y el destinatario recibe todas
Las redes convierten comentarios aparentemente aislados en una acumulación dirigida a un mismo perfil. Si cien personas lanzan un insulto cada una, la persona objetivo puede ver cien notificaciones. Es un ejemplo del mecanismo, no una cifra media observada de abusos.
World Athletics vigiló cuentas públicas de 1.917 atletas y personas vinculadas al atletismo durante París 2024 y confirmó 809 publicaciones o comentarios abusivos.[3] Son mensajes identificados, no 809 deportistas retirados. Ser bueno jugando y soportar humillaciones constantes son capacidades diferentes. Sería absurdo fichar a alguien por su habilidad y decidir su carrera mediante una prueba de resistencia a los comentarios.
La organización japonesa NPB también puso límites: el 1 de julio de 2026 instauró una vigilancia de ataques maliciosos contra árbitros en redes, defendiendo el debate de los aficionados pero rechazando amenazas y ataques personales.[2]
Echar a un youtuber y luego quejarse de que faltan vídeos
En una investigación publicada en 2022, investigadores de Google encuestaron a 135 creadores en plataformas como YouTube, TikTok e Instagram. Algunos describieron cómo el odio y el acoso les habían llevado a censurar sus propios contenidos o abandonar plataformas.[4] No permite calcular una tasa general de abandono de los youtubers, pero sí muestra que los ataques pueden influir en su actividad.
También hay despedidas por dinero, salud, familia o cambios de vida. No tiene sentido atribuirlas todas al acoso. Sin embargo, gritar «vete» durante meses y, cuando el canal cierra, lamentar que «YouTube ya no tiene gracia» es una ironía brutal. Como pedir cada día el cierre de tu restaurante favorito y luego protestar porque el barrio ya no tiene dónde comer.
Criticar el trabajo sin intentar eliminar a la persona
Antes de escribir, vale la pena preguntarse si queda claro qué jugada, decisión o escena se está criticando. Una reseña dura puede dar pie a hablar; una humillación solo busca herir. YouTube prohíbe diversas formas de amenazas, acoso continuado y exposición de datos personales.[5]
Si expulsamos a todos los buenos, ¿quién jugará el próximo partido y montará el próximo vídeo? ¿La sección de comentarios?
