En toda oficina hay alguien que se fija en todo.
Ayuda cuando alguien tiene problemas.
Tapa los errores de los demás.
No sabe decir que no cuando se lo piden.
Se encarga de las cosas porque "yo lo hago más rápido".
Siempre dice "no te preocupes, está bien".
Contesta al instante, aunque sea de madrugada.
Esta gente es responsable, competente y sincera.
Pero también es la que más fácil se quema.
La razón es que no elige a quién le da ni para qué.
Dar no es el problema.
El problema es entregar tu tiempo, tus nervios y tu energía a cualquiera y para cualquier cosa.
A esto lo llamaremos "dador indiscriminado".
El dador indiscriminado se vuelve infraestructura gratuita
Al principio, al dador indiscriminado se lo agradecen.
Pero si sigue así, la gente empieza a tratarlo distinto.
"Esa persona lo hará" "Pásaselo a ella y listo" "Nunca dice que no" "Con ella se puede ser un poco descuidado" "Si nos atoramos, ella tapa el hueco"
Cuando pasa esto, lo que das deja de verse como algo valioso y se convierte en lo que se da por hecho.
Te vuelves infraestructura gratuita.
Tú lo haces con buena intención, pero los demás te tratan como algo que "simplemente está ahí".
Si esto continúa, el agradecimiento disminuye y la carga crece.
Y un día te quemas.
Qué es el trabajo en números rojos
El trabajo en números rojos es aquel en el que, cuanto más haces, más se te va el tiempo, los nervios, las fuerzas y el futuro.
Por ejemplo:
- Trabajo extra que nadie valora
- Andar contentando al jefe
- Cargar con las emociones sin resolver de otros
- Tareas en las que tienes la responsabilidad pero no la autoridad
- Arreglar siempre los errores de los demás
- Darle vueltas en la cabeza al trabajo hasta en tus días libres
- Responder al instante de madrugada
- Hacer de "chico de los recados" a costa de tu propia vida
- Cargar con todo para que el otro no tenga que aprender
A corto plazo, quizá te vean como "buena persona" o "alguien que salva el día".
Pero a largo plazo, pierdes.
Es como gastar el presupuesto de tu vida en sitios de los que nunca recuperarás nada.
Conviértete en un dador selectivo
La solución no es dejar de dar.
Es convertirte en un dador selectivo.
Un dador selectivo es alguien que elige
a quién, para qué, hasta dónde, cuánto y qué parte de sí mismo entrega.
No es alguien que no da nada.
Al contrario, da con ganas donde vale la pena.
Solo que elige a quién y con qué propósito.
Primero, decide qué quieres cuidar
Para ser un dador selectivo, primero tienes que decidir qué es lo que más quieres cuidar.
Por ejemplo:
- Tu salud
- Tu tiempo libre
- Tu familia o tu pareja
- Amigos de confianza
- Tus aficiones
- Un trabajo paralelo
- Inversiones
- Tus habilidades
- Tu propio negocio
- Tu faceta creativa
- Tu carrera a largo plazo
- Un jefe o unos compañeros que de verdad aprecias
Si esto está borroso, las exigencias de los demás se cuelan por todas partes.
El que habla más fuerte.
El que parece más ocupado.
El que está en apuros.
El jefe.
Los clientes.
Los compañeros.
Con lo que piden, tu tiempo se va llenando.
Por eso, primero decide qué quieres cuidar de verdad.
Y luego da en esa dirección.
Dónde sí vale la pena dar
El dador selectivo no es alguien que no da.
Al contrario, está bien que des en cosas como estas:
- Lo que te ayuda a crecer
- Lo que a largo plazo se convierte en un activo
- Las relaciones con gente de confianza
- Las relaciones donde los dos se respetan
- Sistemas que hacen que los buenos resultados del equipo se puedan repetir
- Trabajo que encaja con tus valores
- Habilidades que se quedarán contigo en el futuro
- Apoyo a las personas que quieres cuidar
- Tu propio negocio, tu creación y lo que compartes
- Colaborar con un jefe al que de verdad admiras
Dar en estos casos puede ser una inversión, no una pérdida.
Dónde hay que tener cuidado de no dar de más
En cambio, hay que andar con ojo con cosas como estas:
- Que te echen la culpa o la responsabilidad
- Que te usen de "chico para todo"
- Las emociones sin resolver de otros
- Contentar al jefe
- Trabajo extra que nadie valora
- Cargar con todo para que el otro no aprenda
- Arreglar siempre los errores de la misma persona
- Tareas que te endosan con un "tú puedes con esto"
- Las preocupaciones del trabajo que se meten en tus días libres y tus noches
- Tener la responsabilidad sin tener autoridad
Si das sin límites en estas cosas, te quemas.
Esforzarte por tu jefe no es malo en sí mismo
Aquí hay que verlo con calma.
Esforzarte por tu jefe no es malo en sí mismo.
Si de verdad lo admiras.
Si quieres ayudarlo.
Si quieres construir una relación de confianza.
Si a la larga te lo van a reconocer.
Si además encaja con tus valores.
Entonces, adelante, da.
El problema es este estado:
En realidad no es algo que quiera cuidar pero no sé decir que no no quiero que me regañen no quiero caer mal me da miedo la evaluación por el ambiente no me queda otra y cuando me doy cuenta ya soy el chico para todo
Eso no es dar. Es trabajo en números rojos.
"Lo hago yo, que es más rápido" es una frase peligrosa
Cuanto más competente eres, más fácil es pensar:
Lo hago yo, que es más rápido
Y es cierto: a corto plazo es más rápido.
Pero si lo haces siempre, pasa esto:
- El otro no aprende
- Te aumenta el trabajo
- Los demás se vuelven dependientes de ti
- La tarea solo la sabes hacer tú
- Te conviertes en el chico para todo
- Tu tiempo desaparece
"Lo hago yo, que es más rápido" puede ser eficiente a corto plazo, pero a largo plazo puede salirte caro.
Lo que de verdad importa es elegir entre estas opciones:
¿Lo hago yo solo esta vez? ¿Hago que el otro entienda cómo se hace? ¿Lo convierto en un sistema? ¿Digo que no?
Lo más temible es quemarse
Lo más temible no es decir que no a corto plazo.
Es quemarse.
Si sigues siendo un dador indiscriminado:
- Se te desgastan los nervios
- Duermes menos
- Tus aficiones desaparecen
- Hasta en tus días libres piensas en el trabajo
- Empiezas a no soportar a la gente
- Te enfadas cada vez más
- Se esfuma el tiempo que podrías haber invertido en tus propios activos
- Al final llegas a un "ya no puedo con nada"
Si llegas hasta ahí, recuperarte lleva mucho tiempo.
La amabilidad y el sentido de la responsabilidad no son recursos infinitos.
Por eso, antes de quemarte, tienes que ajustar cuánto das y adónde va.
Preguntas que hacerte antes de dar
Antes de aceptar algo, prueba a hacerte estas preguntas:
- ¿Esto tiene que ver con lo que quiero cuidar?
- ¿Esto se convertirá en un activo a largo plazo?
- ¿Es una relación en la que el otro también me respeta?
- ¿Esto lo tengo que hacer yo de verdad?
- ¿Le estoy quitando al otro la oportunidad de crecer?
- ¿Es algo de una sola vez o va a seguir pasando?
- ¿Me volverá en forma de reconocimiento, pago o confianza?
- ¿Va a dañar mi salud o mi tiempo libre?
- ¿Es algo que, en realidad, puedo rechazar?
- ¿Es trabajo en números rojos?
No hace falta que todas sean un SÍ.
Pero si te salen muchos NO, conviene detenerte a pensar.
Frases que puedes usar
Cuando rechaces algo o pongas límites, basta con ser breve.
1. Verificar antes de responder
Lo reviso y te respondo.
2. Poner un límite al alcance
Hasta aquí puedo encargarme. Lo que venga después habrá que coordinarlo aparte.
3. No aceptar de inmediato
Voy a revisar cómo encaja con mis prioridades actuales y luego te digo.
4. Devolvérselo al otro
Te comparto los pasos para que puedas hacerlo tú en adelante. La próxima vez, ¿puedes intentarlo por tu cuenta?
5. Rechazar lo imposible con pocas palabras
Lo siento, pero hoy no me va a dar tiempo.
6. Devolver la decisión a quien decide
Si me encargo de esto, afectará a mis otras tareas, así que necesito que decidas las prioridades.
Elige en qué inviertes lo que das
Tu capacidad de dar es una fortaleza.
Puedes ayudar a la gente.
Puedes ver cómo está armado el problema.
Puedes tapar huecos.
Puedes mejorar las cosas.
Puedes sostener a otros.
Eso es un gran poder.
Pero una fortaleza, si la usas en el lugar equivocado, acaba siendo explotada.
Si echas agua sin límite en un zoológico lleno de agujeros, lo único que se vacía es tu cantimplora.
Por eso tienes que elegir en qué inviertes lo que das.
Dirígelo a lo que quieres cuidar.
Dirígelo a lo que quedará en tu futuro.
Dirígelo a gente de confianza.
Dirígelo a sistemas que se convierten en activos.
Así, dar deja de ser una pérdida.
Resumen
Dar no es malo.
De hecho, saber dar es una fortaleza.
Pero el dador indiscriminado, que da a cualquiera y para cualquier cosa, termina quemándose.
Lo importante es:
- Dejar de ser un dador indiscriminado
- Convertirte en un dador selectivo
- Decidir qué quieres cuidar
- Dar a las personas, al futuro y a los activos que quieres cuidar
- No dar de más en traspasos de responsabilidad, en hacer de chico para todo ni en el trabajo en números rojos
- Poner límites antes de quemarte
No hace falta que dejes de ser buena persona.
Pero tampoco tienes que ser infraestructura gratuita.
Tu amabilidad, tu sentido de la responsabilidad y tu competencia no son cosas que se repartan sin límite a cualquiera.
Basta con entregarlas, con criterio, a lo que quieres cuidar.


