Hay jefes que pisan tus límites una y otra vez.
Entran con fuerza, y siempre después, en el terreno donde tú piensas, avanzas, decides y tomas la iniciativa.
Te dicen que pienses por ti mismo.
Pero si te adelantas, dicen que has hecho las cosas por tu cuenta.
Te dicen que tengas iniciativa.
Pero si lo que haces no coincide con la respuesta correcta que nunca compartieron, dicen que no vale nada.
Te dicen que consultes con ellos.
Pero si les enseñas algo a medias, te lo destrozan.
Bajo un jefe así, la gente va dejando poco a poco de aportar su propio criterio.
No es que le falte iniciativa.
Simplemente se ha adaptado a un entorno donde tener iniciativa sale caro.
Un jefe que invade tus límites también aplasta tus puntos fuertes.
Sabes estructurar la información. Escribes rápido. Puedes armar un primer borrador. Detectas lo que no cuadra. Sabes ordenar los puntos clave.
Normalmente, todo eso son virtudes.
Pero cuando la otra persona espera que encajes con la respuesta que tiene en la cabeza, tus virtudes se vuelven un riesgo.
Cuanto más rápido escribes, más te dicen que has ido por tu cuenta.
Cuanto más te adelantas, más te dicen que todavía no lo entiendes.
Cuanto más estructuras, más te desvías de su idea vaga de lo correcto.
Al final, lo más sensato es hacer solo lo que te mandan.
Eso no es pereza.
Es una forma de proteger tus límites.
Con este tipo de persona, lo que hace falta no es abrirse y entenderse mutuamente.
Es gestionar cuánto contacto tienes con ella.
¿Hasta dónde aceptas lo que dice?
¿A partir de dónde te lo guardas solo para ti?
¿Qué trabajos le entregas rebajados?
¿Qué comentarios suyos dejas por escrito?
¿En qué momento pones distancia física?
Si tratas a un jefe que invade tus límites como alguien con quien hay confianza mutua normal, te desgasta.
Trátalo como algo que hay que gestionar.
Esa es la actitud realista para proteger tus puntos fuertes.

