¿Los ratones y las moscas también parecen deprimidos? El agua azucarada y las moscas que dejan de trepar

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Un ratón que ya no elige tanto el agua azucarada. Una mosca que deja de intentar subir el desnivel que tiene delante. Al verlos, quizá nos preguntemos: «¿Este animal está desanimado?».

Hay estudios con animales que muestran cambios en la respuesta a las recompensas y en la conducta espontánea después del estrés. Lo interesante es que no se limitan a imaginar qué siente el animal: permiten investigar por separado «qué ha dejado de hacer» y «qué sigue siendo capaz de hacer». De ahí surgen pistas para comprender la depresión humana.

No elige el agua azucarada. ¿Qué nos dice eso por sí solo?

En los estudios con roedores, a veces se ofrece agua corriente y agua azucarada para observar cuál beben y en qué cantidad. Si la preferencia por el agua azucarada disminuye tras un periodo de estrés crónico, es posible que haya cambiado la respuesta a la recompensa. Esto ofrece una pista para estudiar aspectos relacionados con lo que, en las personas, describimos como «ya no disfruto de lo que antes me gustaba».

Pero la cantidad que beben también depende de la sed, el apetito, la respuesta al sabor y el estado físico, entre otros factores. No es lo mismo que el agua azucarada haya perdido atractivo que tener dificultades para comer o beber, aunque ambas situaciones se traduzcan en «no bebe agua azucarada». Por eso, los investigadores interpretan los resultados junto con otras conductas y con el estado del organismo.

Ahí reside parte de la dificultad y del interés de la investigación con animales. Una persona puede decir «no consigo disfrutar»; en un ratón, hay que explorar esa posibilidad con cautela mediante varias observaciones. La elección de una bebida no equivale, por sí sola, a un diagnóstico.

Las moscas dejaron de trepar, pero todavía podían escapar

En un estudio con moscas de la fruta publicado por Ries y sus colaboradores en 2017, el estrés por vibraciones repetidas redujo las conductas espontáneas, como los intentos de trepar ante un espacio difícil de salvar. En cambio, se conservaron conductas reactivas como la huida.

Si agrupamos todo bajo la etiqueta «no se mueve», perdemos de vista esa diferencia. ¿El animal no puede mover el cuerpo o intenta menos cosas por iniciativa propia? Esa distinción cambia mucho la forma de entender qué está observando el experimento.

El estudio también examinó la actividad de las neuronas relacionadas con la serotonina y los cambios de conducta al administrar sustancias como el litio. Los autores describieron esta situación como un «estado de tipo depresivo». Las moscas permiten investigar en detalle los mecanismos neuronales que conectan el estrés con la conducta. Pero esa ventaja debe distinguirse de hasta qué punto el modelo puede explicar una enfermedad humana.

El experimento no demuestra que la depresión humana se deba simplemente a una falta de serotonina, ni es una guía de tratamiento que aconseje tomar las mismas sustancias. Entenderlo como un estudio de las condiciones que modifican la conducta de las moscas ayuda a precisar qué se descubrió realmente.

¿Por qué los investigadores hablan de «tipo depresivo»?

Al evaluar la depresión humana, además de los cambios de ánimo e interés, se tienen en cuenta el sueño, el apetito, la forma de pensar y las repercusiones en la vida diaria. También importa cómo se siente la propia persona. Como los animales no pueden explicarlo del mismo modo, los investigadores seleccionan algunas características observables y las estudian.

Por ejemplo, imaginemos que un animal empieza a evitar a otros individuos. ¿Cuánto dura ese cambio? ¿También han cambiado su alimentación y su exploración? ¿Tiene miedo de un individuo concreto? A medida que se acumulan observaciones, la impresión inicial de que «parece deprimido» se convierte en preguntas específicas.

Un artículo de von Mücke-Heim y sus colaboradores también propone un marco para estudiar el estado de los ratones a partir de la duración, las repercusiones en su funcionamiento cotidiano y un conjunto de características. Se trata de una propuesta de investigación, no de criterios diagnósticos ya establecidos y aplicables a todos los animales.

Un «topo sin tierra»: ¿hasta dónde podemos llegar con esa idea?

¿Qué le ocurriría a un topo en un lugar donde no pudiera excavar? Es una pregunta que invita a imaginar. Sin embargo, los estudios sobre ratones y moscas mencionados aquí no bastan para determinar si un topo se encuentra en un estado depresivo.

Un punto de partida es preguntarse qué condiciones necesita ese animal para llevar su vida habitual. ¿Puede conseguir alimento, descansar y esconderse? No basta con observar que se mueve menos: también hay que ver qué ha dejado de poder hacer y cómo responde cuando cambia el entorno. Así resulta más claro qué investigar que si le atribuimos un monólogo humano como «qué envidia me da la vida del topo de al lado».

Por la misma razón, es difícil colocar en fila a mamíferos, insectos y medusas y trazar una línea que diga «a partir de aquí, los animales no se deprimen». Tanto las conductas como los métodos para estudiarlas varían entre especies. La falta de pruebas no es lo mismo que la inexistencia de ese estado.

¿Cuándo sirve la comparación con un «modo de baja potencia»?

Llamar «modo de baja potencia» a la disminución de la exploración y de la búsqueda de recompensas bajo estrés ayuda a hacerse una idea. Incluso intentar algo supone un esfuerzo, y cada vez se intenta menos. Prestar atención a esta dimensión física permite ver aspectos que se nos escapan si lo consideramos únicamente una cuestión de ánimo.

Pero sigue siendo una comparación. Las causas y los síntomas de la depresión no se reducen a una sola explicación, y a veces incluyen una intensa agitación o inquietud. Tampoco podemos concluir que «es una función de ahorro de energía útil para sobrevivir, así que está bien dejarla como está».

En las personas también existe el sufrimiento de culparse o de volver una y otra vez a acontecimientos pasados. Aun así, explicar la enfermedad como «la baja potencia de un animal más pensar demasiado» dejaría fuera la compleja relación entre el cuerpo, la vida cotidiana y la experiencia. Si el malestar o las dificultades para desenvolverse en la vida diaria persisten, no hace falta afrontarlos a solas intentando únicamente cambiar la forma de pensar: se puede buscar ayuda en un servicio de salud.

Podemos aprender sin decidir qué siente una mosca

Los ratones y las moscas también presentan, después del estrés, cambios de conducta que se describen como «de tipo depresivo». Estos permiten investigar cómo cambian la respuesta a las recompensas y la conducta espontánea.

Un ratón que no elige el agua azucarada y una mosca que no intenta trepar. En ambos casos, observar más allá de la primera impresión abre nuevas preguntas. ¿Puede comer? ¿Puede moverse? ¿Lo intenta por iniciativa propia? ¿El cambio persiste?

Más que apresurarnos a decidir si los animales sienten lo mismo que las personas, lo valioso es comprobar estas diferencias una por una. Porque detrás de una expresión tan breve como «está apagado» hay muchos mecanismos que podemos investigar.

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