«¿Qué pasaría si pusiéramos a trabajar a cien asistentes de inteligencia artificial a la vez?»
La pregunta ya tiene gracia. Cien asistentes podrían repartirse cien encargos y terminarlos muy rápido. Aunque también podrían equivocarse todos y dejar a una sola persona revisando cien informes hasta medianoche.
Con eso ya hay historia.
Sin embargo, el artículo terminó con ocho apartados, palabras complicadas, estudios, leyes, transporte y hasta relaciones humanas. La idea original quedó enterrada bajo una avalancha de explicaciones.
La reacción del lector fue bastante clara: «No me entero de nada».
¿Dónde se habían metido aquellos cien asistentes?
Por querer contarlo todo, perdimos el hilo
A quien escribe le cuesta resistirse a añadir información. Un estudio más, una excepción, otra aplicación, una explicación de contexto.
Cada detalle parece útil. El problema llega cuando todos quieren ser protagonistas.
Alguien entra para saber si cien asistentes pueden trabajar más deprisa que uno. A mitad de camino acaba leyendo una clase sobre transporte y responsabilidad legal.
El autor se siente satisfecho: ha sido exhaustivo.
El lector ya se ha ido a casa.
Bastaba con seguir una idea: repartir tareas independientes puede ahorrar tiempo, pero los resultados hay que revisarlos. Ahí había material de sobra para entretener y explicar.
Las palabras difíciles vienen con trabajo extra
Imagina una manera de trabajar en la que una máquina realiza una tarea, se comprueba el resultado y, si hay un fallo, se le pide que lo arregle.
Dicho así se entiende.
Si le ponemos un nombre rebuscado, ahora tenemos que explicar ese nombre. Si la explicación contiene otros términos extraños, habrá que explicarlos también.
Al final estamos explicando las explicaciones. El lector quería leer algo interesante, no hacer un examen de vocabulario.
Basta de anunciar una gran revelación en cada párrafo
Los textos generados por IA suelen ponerse solemnes:
«Esto va mucho más allá de la eficiencia».
«La verdadera clave está en otro lugar».
«Ahora aparece un desafío todavía más profundo».
Parece que estemos a punto de descubrir un secreto cósmico. La idea era mucho más sencilla: «Si aumentas el número de asistentes, también puedes aumentar el trabajo de revisión».
Se dice y se continúa. Sin redoble de tambores.
No hace falta pronunciar un discurso histórico cada tres líneas.
Una escena concreta vale más que una frase elegante
Compara estos dos ejemplos.
La mejora del rendimiento requiere distribuir el trabajo y evaluar los resultados de forma continua.
Suena impecable. Pero cuesta imaginar algo.
Repartes cien tareas entre cien asistentes. Llegan cien informes de golpe. Si treinta tienen errores, ¿quién se sienta a revisarlos?
Los números son inventados para ilustrar la situación, no son datos de un experimento. Ahora vemos a una persona rodeada de informes y entendemos enseguida el problema.
Antes de añadir información, prueba a quitarla
Al repasar un artículo conviene hacerse tres preguntas:
- ¿Sigo hablando de lo que hacía interesante la historia? Los temas secundarios pueden esperar.
- ¿Puedo contarlo con palabras corrientes? Primero, quién hace qué.
- ¿Puede imaginar la escena alguien que llega por primera vez? Si solo la entiende el autor, toca reescribir.
Hay temas que necesitan cifras exactas y explicaciones detalladas. Esos datos se conservan cuando realmente ayudan.
Pero una anécdota divertida no tiene por qué cargar con una enciclopedia entera.
La IA puede producir miles de palabras en segundos. Editar consiste en elegir cuáles merecen quedarse.
Diez minutos de explicaciones, treinta segundos de lectura. Al final, el fracaso del artículo terminó siendo su mejor chiste.

