¿A alguien que crea terror también puede darle miedo lo que imagina? Una persona que estaba preparando un proyecto de terror se lo había preguntado. Hasta que salió a caminar a solas por la noche y descubrió que tenía miedo. Había farolas en el camino, pero seguía sintiendo miedo. El director se había asustado antes de que llegara el público.
Quien escuchaba la anécdota preparó enseguida una explicación sofisticada. El proyecto incluía ideas como una cara en una foto que te sigue con la mirada, una imagen que cambia sin avisar o una figura que se acerca poco a poco. ¿Y si esas escenas hacían que la persona imaginara algo acechando a sus espaldas? ¡El terror se había escapado de la pantalla!
La respuesta fue mucho menos cinematográfica: «No, simplemente me da miedo porque está oscuro». Fin del misterio. Mientras la otra persona montaba todo un análisis psicológico, el creador lo resumía en una frase: está oscuro. Incluso con farolas, alrededor hay rincones que no se ven bien. Eso ya le bastaba para sentir miedo.
Además, añadió que imaginar algo concreto lo empeoraba. En cuanto te preguntas qué habrá en las sombras, acabas contratando mentalmente a un reparto completo de monstruos. Así que prefería no darle más detalles a su imaginación. Salir a caminar no exige organizar un casting de fantasmas.
Ahí está la ironía: alguien capaz de diseñar ojos que te persiguen, fotos que cambian y siluetas que se acercan terminó perdiendo contra el recurso más sencillo del terror: la oscuridad. Los efectos de la pantalla requieren trabajo. La noche, en cambio, ya viene preparada. Presupuesto de efectos especiales: cero. Público: una persona. Y resulta que también es quien dirige.
La primera víctima del susto fue quien creó el terror. El monstruo final no era una criatura inventada: era simplemente la oscuridad.
