Últimamente me pasa algo raro. No me paso el día intentando convencerme de que valgo. Simplemente hago mis cosas y, al terminar, pienso: «Oye, hoy me he sentido bastante seguro por dentro».
Y enseguida añado: «Aunque mañana igual me hundo por completo».
¿En qué quedamos? La aparente contradicción tiene sentido. Una cosa es creer que mañana saldrá todo bien. Otra es confiar en que, si sale mal, sabrás reaccionar.
Una confianza sin garantía de éxito
Cuando estamos de buen humor, apetece anunciar: «¡Mañana también arraso!». Aquí no hay pronóstico. Mañana puedo estar agotado, equivocarme o quedarme sin ganas de nada.
La sensación se parece más a saber que, si algo se estropea, podré intentar arreglarlo. Hay un pequeño inconveniente: soy el dueño del taller, el mecánico y el encargado de atención al cliente. Tampoco prometo plazos.
Le dejo los problemas de mañana a mi yo de mañana y, aun así, me fío del empleado.
Dos preguntas de elegir entre A y B; dos respuestas idénticas
Primera pregunta: «¿Confías en tu capacidad para resolver problemas o te sientes bien siendo tú mismo, independientemente de lo que opinen los demás?».
Respuesta: «Las dos».
Segunda: «¿Sientes ansiedad con menos frecuencia o consigues recuperarte antes cuando aparece?».
Respuesta: «Las dos».
Quien pregunta intenta separar conceptos. Quien responde se lleva el menú completo. Pesadilla para cualquiera que diseñe cuestionarios.
Pero la distinción importa: creer que puedes actuar no es exactamente lo mismo que dejar de juzgar todo tu valor por un fallo. Y preocuparse menos a menudo es diferente de salir más rápido de una preocupación. Se pueden notar ambos cambios a la vez.
¿Sirvió de algo pensar en voz alta?
En la vida cotidiana han aparecido pequeñas pruebas: apuntarse a una actividad nueva, descubrir que una parte sale fatal, intentarlo otra vez; resolver gestiones pesadas y hablar con otras personas de manera más espontánea.
Cada experiencia puede reforzar el «bueno, ya encontraré cómo». También puede haber ayudado el hábito de soltar ideas, darles vueltas y ordenarlas mediante conversaciones.
Eso no demuestra que las conversaciones hayan causado el cambio. También influyen el entorno, la práctica y el estado de ánimo. La psicología estudia la confianza en la propia capacidad para realizar acciones[1], pero la vida de una persona no es un experimento con una sola variable.
Lo curioso es pasar de «tengo que ganar confianza» a «vaya, creo que ya confío en mí».
¿Y si mañana es un desastre de verdad?
Entonces mañana será un mal día. Eso no convierte automáticamente el día de hoy en una mentira. El humor puede variar de golpe; la confianza construida con el tiempo quizá se mueva de otra manera. Su estabilidad habrá que comprobarla viviendo.
Si algo falla, se puede descansar, cambiar el plan o pedir ayuda. Adaptarse también es saber apoyarse en otros.
La última pregunta fue: «¿Incluso si mañana pierdes la confianza, crees que te las arreglarás?».
Respuesta:
«Bah, algo se me ocurrirá».
Después de tanto análisis, el gran descubrimiento suena como decidir qué cenar.
Y quizá sea justo eso: la confianza más tranquila a veces empieza por un sencillo «bueno, ya veré».
- American Psychological Association. Self-Efficacy Teaching Tip Sheet. (conceptual reference on beliefs about ability to perform actions; not evidence of causation in the personal account) apa.org
