No desanimarse, no preocuparse por el cansancio y seguir adelante incluso después de fracasar. Alguien así parecería imbatible. Entonces, ¿sería mejor eliminar por completo los mecanismos que nos hacen sentir decaídos o perder la motivación?
Para pensar en esta pregunta, ayuda distinguir entre «poder dejar de insistir» y «no poder actuar a causa de la depresión». La capacidad de abandonar un intento que no da resultado tiene su utilidad. En cambio, explicar todo el sufrimiento de la depresión diciendo que «el cuerpo está haciendo bien al obligarnos a descansar» puede acabar idealizando incluso una situación en la que hace falta ayuda.
Lo interesante de imaginar que siempre tenemos energía es preguntarnos qué pasaría si solo nos quedara el acelerador. Empecemos por un lugar donde no hay comida.
¿Cuándo deja de convenir la perseverancia en un lugar sin comida?
Imaginemos que un animal busca comida en un lugar donde hasta ayer la encontraba. Hoy no encuentra nada. Quizá aparezca algo si sigue buscando un poco más; quizá le convenga ir a otro sitio.
Cuanto más tiempo dedique a buscar, más energía gastará y más tiempo pasará sin poder probar en otro lugar. Si permanece allí solo porque ayer tuvo éxito, la perseverancia puede jugar en su contra. Poder reducir una actividad o detenerla por un tiempo amplía las opciones.
Pero esto, por sí solo, no permite afirmar que «la capacidad de desanimarse evolucionó para limitar las pérdidas al buscar alimento». Lo único que muestra el ejemplo es que hay situaciones en las que conviene no seguir haciendo lo mismo. Para explicar el origen del ánimo depresivo en los seres humanos hacen falta otras pruebas.
La metáfora del «freno» sirve para advertir que detenerse también puede cumplir una función. Usarla para concluir que todo malestar es una respuesta que cumple un propósito sería ir demasiado lejos.
Cuando un resfriado nos quita las ganas de salir, ¿cómo se conectan el cuerpo y el cerebro?
El decaimiento durante una infección es un ejemplo de cómo el estado del cuerpo modifica la conducta. Una salida que normalmente nos ilusionaría puede dar pereza, y también pueden cambiar el apetito y las ganas de ver a otras personas.
Estos cambios se conocen como «conducta de enfermedad». La revisión de Dantzer y sus colaboradores describe cómo las señales inflamatorias que emiten las células inmunitarias en respuesta a una infección actúan sobre el cerebro y modifican la conducta. Entenderlo como un intercambio entre el cuerpo y el cerebro se acerca más a lo que ocurre que reducirlo a una cuestión de fuerza de voluntad.[1]
Aquí encontramos una pista biológica para pensar en la reducción de la actividad. Sin embargo, aunque el decaimiento pasajero de un resfriado y la depresión compartan algunos síntomas, no podemos tratarlos como si fueran lo mismo. La misma revisión aborda una relación aún más compleja: cuando la inflamación persiste, pueden aparecer síntomas depresivos en personas susceptibles.[1]
Hay distintos caminos que pueden conducir a resultados aparentemente similares. Una sola imagen de alguien que «se mueve menos» no basta para saber si se está recuperando o si su malestar se está prolongando.
«Con descansar se pasa»: la suposición oculta en la metáfora del freno
En una bicicleta, al apretar el freno se reduce la velocidad y, al soltarlo, podemos volver a pedalear. Es tan fácil de entender que invita a imaginar el mismo mecanismo para la mente.
Pero el ánimo y la motivación no se recuperan soltando una palanca que tenemos a mano. Pasa la fecha de entrega y el ánimo no mejora. Nos tomamos unos días libres y no vuelve la capacidad de disfrutar. Faltan fuerzas incluso para ponernos en contacto con alguien cuando hace falta. En estas situaciones deja de servir la explicación de que «basta con detenerse bien y luego ponerse de nuevo en marcha».
El Instituto Nacional de la Salud Mental de Estados Unidos (NIMH) describe la depresión como una enfermedad que afecta al ánimo, el pensamiento, el sueño, la alimentación y el trabajo, entre otros aspectos. Para diagnosticar una depresión mayor se comprueba, entre otras cosas, que los síntomas, entre ellos el ánimo deprimido o la pérdida de interés o placer, estén presentes casi todos los días durante al menos dos semanas.[2] No es un cronómetro para autodiagnosticarse, sino una parte de los criterios con los que se valora la situación en una consulta.
Una cosa es poder cambiar lo que hacemos y otra que hasta las acciones necesarias se vuelvan difíciles. Mantener esta distinción ayuda a que «es importante parar» no se convierta en «aunque sufras, está bien que todo siga igual».
¿Por qué la mente sigue trabajando cuando lo que queremos es descansar?
El cuerpo no se pone en marcha, pero en la cabeza vuelve una y otra vez el mismo fracaso. Esto tampoco encaja fácilmente en la simple idea de «ahorrar energía».
Pensemos, por ejemplo, en un correo que no hemos conseguido responder. Si el pensamiento termina en «mañana lo respondo sin falta», puede conducir al siguiente paso. Pero a veces solo se acumulan suposiciones que no podemos comprobar: «Otra vez no he respondido», «Seguro que la otra persona está enfadada», «Siempre me pasa lo mismo». Pasamos mucho tiempo pensando y, aun así, no encontramos ni la primera frase que escribir.
En este ejemplo, el problema no es solo cuánto esfuerzo hacemos. También importa si pensar nos lleva a tomar una decisión concreta o a recibir ayuda de alguien. Preocuparnos durante más tiempo no siempre nos acerca a una solución.
La explicación de que «el cuerpo ha elegido limitar las pérdidas» tampoco sirve para todo en esta situación. La persona no necesariamente puede elegir de qué apartarse, y detenerse no garantiza que el problema se resuelva. Antes de recurrir a una metáfora, hay que mirar qué le está ocurriendo y qué cargas siguen presentes.
Las fechas de entrega no esperan a que nos recuperemos
Aunque entendamos la importancia de descansar, a veces resulta difícil hacerlo. No hay nadie que cubra nuestro turno. Los cuidados y las tareas de casa continúan. Si trabajamos menos, nos preocupan los ingresos. Hay condiciones que no se cambian con un simple «cambia de entorno».
En este punto, puede ser más útil concretar cómo organizar la vida cotidiana que pensar solo en cómo funciona la mente de cada persona. ¿Con quién podemos hablar sobre la fecha de entrega de esta semana? ¿Podemos compartir una tarea especialmente pesada? Si estamos pensando en pedir ayuda médica, pero incluso llamar para solicitar una cita resulta difícil, ¿hay alguien que pueda ayudarnos a ordenar los pasos?
Estas medidas no sustituyen al tratamiento, pero muestran cómo convertir una tarea desmesurada, «cambiarlo todo sin ayuda», en una petición de apoyo más pequeña. Existen tratamientos para la depresión, como la psicoterapia y los medicamentos; la elección se consulta con profesionales de la salud según los síntomas y las circunstancias.[2]
Si el sufrimiento continúa, no vuelve la capacidad de disfrutar o la vida cotidiana se ve afectada, podemos acudir a un servicio de salud u otro recurso de ayuda, en vez de seguir intentando convencernos con una metáfora. No hace falta esperar a que pasen dos semanas.
Más que ser invencibles, necesitamos más formas de parar y volver a empezar
¿Seríamos invencibles si no pudiéramos desanimarnos? La respuesta a esta pregunta es que «poder seguir sin detenerse no basta para vivir bien». Igual que al abandonar un lugar sin comida, hay situaciones en las que dejar de hacer algo sí abre la puerta a otra opción.
Pero eso tampoco justifica afirmar que la depresión sea un freno inteligente al servicio de la supervivencia. Hay momentos en los que el descanso permite recuperarse, otros en los que hace falta ayuda para reducir las cargas y otros en los que se necesita tratamiento. No todo cabe en una sola palabra.
Lo que merece la pena conservar de la metáfora del freno no es la tranquilidad de creer que todo malestar esconde necesariamente una respuesta acertada. Es el espacio para comprobar cómo estamos y qué apoyo necesitamos antes de reprocharnos «por qué todavía no puedo seguir». Continuar, descansar, pedir ayuda. Tener más opciones disponibles resulta más fiable que una invencibilidad con solo acelerador.
Referencias (2)
- Dantzer y colaboradores, «From inflammation to sickness and depression: when the immune system subjugates the brain» (2008). Artículo / Ficha en PubMed. Revisión sobre la conducta de enfermedad y la relación entre inflamación y depresión.
- Instituto Nacional de la Salud Mental de Estados Unidos (NIMH), Depression. Información para el público general sobre síntomas, diagnóstico y tratamiento.
