Llegar tarde a un plan con amigos da apuro. Pero despertarte a la hora exacta de la quedada es otra categoría.
Y aún hay más: el plan era el sábado, pero yo había decidido por mi cuenta que era el domingo.
La cita era a las 13:00. Abrí los ojos a las 13:00. Para rematar, me esperaba un trayecto de aproximadamente hora y media.
Sin embargo, no sentía especial vergüenza por incorporarme después. Mis amigos ya estaban pasándoselo bien y son gente con la que siempre me he sentido a gusto. Esa combinación convirtió un error enorme en una anécdota bastante divertida.
0. Cuando el chat desmontó mi calendario imaginario
Habíamos quedado para salir, pero por algún motivo yo tenía el domingo grabado en la cabeza.
El sábado, después de despertar, miré los mensajes. Todos estaban hablando de los planes de hoy.
¿Hoy?
En ese momento caí en la cuenta. Pedí perdón, expliqué que estaba durmiendo y me preparé para ir.
La hora terminó de ponerle la guinda: la una de la tarde, justo cuando habíamos quedado. Mientras el resto empezaba el encuentro, yo estrenaba el día.
No había perdido una batalla contra el despertador, sino contra un domingo que solo existía en mi imaginación.
1. Eso sí: dormí de maravilla
La noche anterior estuve despierto hasta cerca de las tres de la madrugada. Después dormí en varios tramos y terminé levantándome a la una de la tarde.
Lo surrealista es que me sentía genial. Había tenido la sensación de dormir profundamente y de descansar de verdad.
Descanso: sobresaliente.
Precisión con las fechas: desastre absoluto.
Resulta muy cómico coger el teléfono con esa satisfacción de haber dormido estupendamente y descubrir que la realidad lleva horas siguiendo otro guion.
2. Y todavía faltaban noventa minutos de camino
El lugar de encuentro estaba a unos noventa minutos.
Aunque hubiera salido en el mismo instante en que desperté, solo el desplazamiento ya situaba la llegada teórica alrededor de las 14:30. La hora real de llegada no estaba confirmada.
Nada de «llego cinco minutos tarde».
Me desperté cuando el plan arrancaba y todavía tenía por delante un viaje entero. Parecía una aparición especial a mitad de episodio.
3. La razón por la que no me daba apuro
Mis amigos habían empezado a divertirse sin mí.
No estaban todos quietos esperando a que apareciera. Yo podía avisar, disculparme e incorporarme más tarde.
Eso no convierte mi despiste en algo correcto. Equivocarme de día fue responsabilidad mía. Pero hay una diferencia entre dar por hecho que los demás aguantarán cualquier cosa y agradecer que puedan adaptarse a un fallo puntual.
En este caso, lo que sentía era gratitud.
4. Depende del tipo de plan
Si una persona está esperando sola o hay entradas y reservas con horario, retrasarse una hora y media puede estropearle el día a alguien.
En un encuentro informal de varias personas, si todos pueden empezar sin ti, incorporarte después puede ser una solución razonable.
La próxima vez toca revisar el día, avisar en cuanto detecte el error y procurar que los demás sigan con sus planes.
La parte ridícula es mía. La comprensión es mérito de mis amigos.
5. Resultado final
Me acosté tarde, dormí fenomenal y desperté a la una. Miré el chat.
«Un momento… ¿era hoy?»
Después, noventa minutos de camino.
Dormir: matrícula de honor. Organizarme: suspenso. Amigos: un regalo.
La próxima vez consultaré el calendario real antes de confiar en el que llevo en la cabeza.
