Las normas publicitarias obligaron a pensar cómo clasificar el contenido de un sitio lleno de humor negro.
Al principio, cualquier cosa curiosa acababa en un artículo: historias inquietantes, bromas incómodas y contradicciones sociales.
La respuesta propuesta fue clasificar cada texto: conservarlo, corregirlo, trasladarlo o eliminarlo. Había que revisar derechos de autor, titulares engañosos, ataques personales y ubicación de anuncios. Era un plan, no una revisión ya completada.
Sentir curiosidad por un tabú no implica apoyarlo. Cambiar un artículo de dominio tampoco elimina automáticamente los riesgos de política publicitaria.
El sitio terminó necesitando un tribunal para juzgar sus propios chistes. Y, por supuesto, la creación del tribunal se convirtió en otro artículo. El director del museo empezó a asustarse de su propia colección.
